domingo, 5 de junio de 2011

Como por mí y por ustedes también

Tengo un sandwich frente a mí y estoy cansada de pretender que me lo comeré. Existen momentos en la vida en los que quieres largarlo todo y mudarte a uno de los paisajes de las películas vintage, como si eso de que la combinación "sol playa y arena" espantase las responsabilidades ( lo he intentado, no funciona). Si eres la clásica flacucha de 48 kilos y 1,60, me entenderás a la perfección.
Con 16 años, era lo que podríamos llamar el prototipo perfecto de "niña nerd consentida". Tareas que jamás se dejaban para última hora . Manuales de autoayuda que impulsaban mi "proactividad académica". Ojeras ( no de estudio, de nacimiento). Rollitos.  Unos cachetes regordetes que hace poco, al ver una fotografía de esas gloriosas épocas, pude notar ¡Ahora entiendo porqué todos me pellizcaban la cara! ¡Era por eso!
El tiempo pasó. En un par de años, el estrés, las nuevas medidas nutritivas aplicadas en casa (que eliminaban la carne roja casi por completo), el amor (sí, el amor), crecer unos cuantos centímetros, tomar anticonceptivos para quistes ováricos y la destreza física que exige el periodismo, desvanecieron los curiosos mofletes de ardillita que le daban un aspecto cómico a mi rostro. La cintura apareció. Los brazos se estilizaron. Las caderas... Esas jamás las tuve.
La pérdida de unos kilos no viene sola, siempre llega con comentarios. Es como si las personas muriesen por saber "qué carajo" pasó. No les interesa si fue el ejercicio o una dieta sana, mucho menos si, como yo, no tienes ni idea de lo que ocurrió y sólo presumes las causas del adelgazamiento. Es más interesante crearle una "anorexia nerviosa" a alguien. Sí, digamos que Nancy tiene una. 
Los comentarios llegaron a casa. Rápido. Hirientes. Cuando digo comentarios, hablo en serio. Le dejaron a mi madre uno en el facebook. A partir de ello, comí y comí, pero nunca engorde. No lo niego, me hace feliz poder ingerir lo que sea y no subir ni un gramo. Es delicioso. A veces me causa estrés no haber desarrollado más la retaguardia, pero eso se me pasa. Aunque, a veces es demasiado.
Cada visita a la casa del hermano de mi madre terminaba en "¡Estás muy flaca! Nancy, eso te hace daño". Intentar convencer a una persona que se cruza de brazos es imposible. Decirles que así era ahora y que comía como cualquiera era perder el tiempo. Me quedaba callada. Elogiaba con inteligencia y a drede la comida de mi tía. Quería que me escuchen. La comía con verdadero gusto. No cocina nada mal. Pero era lo mismo, cada vez que me aparecía por allí, se resaltaba en algún momento el peso perdido. Y eso que ya pasaron años. Supongo que no me ven con frecuencia.
En otra ocasión,  me tocó almorzar con un grupo de amigos, algo mayores que yo, a las doce del día. Leíste bien, doce. Nadie tiene hambre a esa hora. Había llevado un diminuto recipiente con estofado de pollo y arroz. Pensaba comprar una entrada. Una papita a la huancaína y una jarra de limonada que aplaque el calor del húmedo verano limeño. Todo ello a las dos, no a la doce. No pude terminar mi almuerzo. La comida acabó en un sermón de que debo alimentarme mejor. Había almorzado con ellos antes. Por alguna razón, sólo ese "desliz"originó un seguimiento exhaustivo a lo que ingería. No me malinterpreten, quiero a esas cinco personas que se preocupan por mi salud. Pero, sólo a mí ¿Por qué sólo a mí? Mi relación con la comida es de deleite total. La amo. 
¡Comer para que los demás te vean es agotador! Hoy me hallo en la dicotomía. "Ser o no ser". Ingerir la enorme hamburguesa que no deseo. Que espera a mi lado. Entregar el plato vacío. Verlos sonreír. A todos. A mi madre, especialmente. O admitir que NO tengo hambre. Seguir bebiendo mi taza de té caliente. Buscar algo ligero. Una galleta. Otra taza de té.
No doy más. Comeré. No porque ellos imperan sobre mis decisiones. No. Escribir me da hambre. Quizá mañana, si me presentan huevos con jamón en el desayuno y no los quiero, tendré el valor de rechazarlos. Sí, mañana.

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